Lluvia

Esta lluvia
se mete por mis rincones
cura las heridas al pasar
devolviendo el milagro,
natural bendición.

Nada que no pueda curarse
cuando existe la fe
en uno mismo,
sin espera de lo que no se ve
envuelto en optimismo.

Pueda que exista Dios
diferente a lo que sabemos
aquello que vive en nuestra cabeza
lo que sentimos
y encontramos fuera de nosotros.

Vivir de cara al sol
sentirnos finitos
enredados en nuestros saberes
en la constante búsqueda
de un sentido a este devenir
que cada día va muriendo
en nuestras manos.

Somos más de eso que creemos
y vemos diluirse en la rutina
nuestra propia existencia
cuando volvemos la cara
y ya se ha ido el día.

©Eddy Ulerio

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Valgo menos que la gotera

Hoy me encuentro en el subsuelo
No hay nada que levante mi espíritu
Como abandonado de las manos
de los dioses,
Y una sensación reductible
Me taladra la conciencia
Con dosis de cianuro en la sangre
Como si todo se volviera en mi contra,
Gestos inútiles
En este ir y venir de los días
No hay salida.

Las mismas ideas de pie
Este soñar que se inclina
al precipicio,
y las palabras sublevadas
Resuenan sin sentido
En la boca de quien las pronuncias
Desde la oscuridad de su indefinición.

Hoy, valgo menos que la gotera
Que se desliza entre las yaguas
La que sabe que, al caer,
Se perderá.

©Eddy Ulerio

Ultimo encuentro

La mañana los encontró dormidos sin que ellos lo advirtieran. Después de un largo tiempo, él se despertó sobresaltado, miró a su alrededor y constató que era de día.

En ese mismo instante, la bella amante despertó con una sonrisa de satisfacción, al tiempo que acariciaba suavemente el pecho de aquel enigmático hombre.
El correspondió el gesto y acarició su larga y negra cabellera por algunos minutos; luego se miraron sin mediar palabras y volvieron a amarse hasta media mañana.

El preparó café, mientras ella ponía en orden el lecho, fiel testigo del amor y la complementariedad de dos almas gemelas que se amaron hasta rabiar.

Desayunaron, hablaron, rieron y después de un beso apasionado, él desapareció al cruzar la puerta. Ella, neurótica y feliz, se desploma en el sofá de la sala y entrando en una especie de hipnosis, revive uno por uno los momentos compartidos, como si se tratara del último encuentro.

©Eddy Ulerio

Vagabundo

El día corría de prisa en aquella mustia ciudad de pocas calles y muchas casas. En medio de la neblina, se veían las luces tímidas de los carros en la angosta avenida. Los transeúntes caminaban encorvados, tratando de cubrirse de la escasa lluvia que amenazaba con volverse un aguacero.

Sentado a orillas de la acera, aquel enigmático hombre, cubierto por periódicos, miraba la lluvia caer. Como todos los días, hacía y deshacía su casa, cuando mendiga un pedazo de pan.

Todos le conocían, aunque nadie nunca supo de dónde llegó, ya era parte de ellos. Un día, en que se desplazaba para encontrar comida, cruzó la avenida principal sin percatarse del tráfico, que casi siempre era escaso. Sin embargo, un conductor distraído con su celular, no pudo evitarle y le atropella mortalmente muriendo en el acto.

Al día siguiente, las autoridades dijeron que nadie procuró su cuerpo y por ello, fue enterrado en una fosa pública con el nombre de John Doe. Para los que solían notar la presencia de aquel hombre, cada mañana de camino a su trabajo, lo continuaban viendo sentado en el mismo lugar, mirando la vida pasar.

Eddy Ulerio

El pasar de la vida

Pensar, que la vida se nos va sin pensar. Que el camino se vuelve angosto en el ir y venir sobre las mismas ideas, sin conseguir conciliarlas inteligiblemente…

Y sentir en lo profundo la banalidad de ese ingrediente externo como el endiosamiento del ego, manifestado a través del aplauso, que nos hacen sentir mejores, en una sociedad que se mueve en la doble moral.

Eddy Ulerio

Quijote postmoderno

Era brillante. Con un acervo cultural envidiable. Le gustaba leer hasta más no poder. El insomnio llegó a ser su mejor amigo. Entre sueños y utopías, su vida se iba diluyendo en la peor de las soledades. De tanto pensar en voz alta, le dio por creer que no era necesario compartir sus ideas con nadie, pues, al fin y al cabo, sus diálogos constantes se volvieron recurrentes, así como su fatiga y sus visiones. Nadie nunca supo, cómo llegó a desconectarse de la realidad.