Ultimo encuentro

La mañana los encontró dormidos sin que ellos lo advirtieran. Después de un largo tiempo, él se despertó sobresaltado, miró a su alrededor y constató que era de día.

En ese mismo instante, la bella amante despertó con una sonrisa de satisfacción, al tiempo que acariciaba suavemente el pecho de aquel enigmático hombre.
El correspondió el gesto y acarició su larga y negra cabellera por algunos minutos; luego se miraron sin mediar palabras y volvieron a amarse hasta media mañana.

El preparó café, mientras ella ponía en orden el lecho, fiel testigo del amor y la complementariedad de dos almas gemelas que se amaron hasta rabiar.

Desayunaron, hablaron, rieron y después de un beso apasionado, él desapareció al cruzar la puerta. Ella, neurótica y feliz, se desploma en el sofá de la sala y entrando en una especie de hipnosis, revive uno por uno los momentos compartidos, como si se tratara del último encuentro.

©Eddy Ulerio

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Vagabundo

El día corría de prisa en aquella mustia ciudad de pocas calles y muchas casas. En medio de la neblina, se veían las luces tímidas de los carros en la angosta avenida. Los transeúntes caminaban encorvados, tratando de cubrirse de la escasa lluvia que amenazaba con volverse un aguacero.

Sentado a orillas de la acera, aquel enigmático hombre, cubierto por periódicos, miraba la lluvia caer. Como todos los días, hacía y deshacía su casa, cuando mendiga un pedazo de pan.

Todos le conocían, aunque nadie nunca supo de dónde llegó, ya era parte de ellos. Un día, en que se desplazaba para encontrar comida, cruzó la avenida principal sin percatarse del tráfico, que casi siempre era escaso. Sin embargo, un conductor distraído con su celular, no pudo evitarle y le atropella mortalmente muriendo en el acto.

Al día siguiente, las autoridades dijeron que nadie procuró su cuerpo y por ello, fue enterrado en una fosa pública con el nombre de John Doe. Para los que solían notar la presencia de aquel hombre, cada mañana de camino a su trabajo, lo continuaban viendo sentado en el mismo lugar, mirando la vida pasar.

Eddy Ulerio

El pasar de la vida

Pensar, que la vida se nos va sin pensar. Que el camino se vuelve angosto en el ir y venir sobre las mismas ideas, sin conseguir conciliarlas inteligiblemente…

Y sentir en lo profundo la banalidad de ese ingrediente externo como el endiosamiento del ego, manifestado a través del aplauso, que nos hacen sentir mejores, en una sociedad que se mueve en la doble moral.

Eddy Ulerio

Quijote postmoderno

Era brillante. Con un acervo cultural envidiable. Le gustaba leer hasta más no poder. El insomnio llegó a ser su mejor amigo. Entre sueños y utopías, su vida se iba diluyendo en la peor de las soledades. De tanto pensar en voz alta, le dio por creer que no era necesario compartir sus ideas con nadie, pues, al fin y al cabo, sus diálogos constantes se volvieron recurrentes, así como su fatiga y sus visiones. Nadie nunca supo, cómo llegó a desconectarse de la realidad.

Oda al amigo

Cómo no recordar
amigo,
tu semblante azul
cuando abrías el puño
y volaban mariposas
como si fueran nubes
se perdían en el cielo
y tú te reías entonces.

En cualquier ocasión
repetías tu alegría,
Hacías bailar a los peces
sentabas piedras chatas
en el lomo del río.

Tus nocturnas
escapadas al cine
esquivando hoyos
en tu bicicleta vieja
y yo, montado en la barra
tararaeando las canciones
sin ritmo
que cantabas a media.

Ay amigo,
te quedaste
sentado en el parque.
Todos dijeron que te fuiste
yo te sigo viendo alegre
como cuando abrías el puño
y volaban mariposas
o cuando ibas al río
y bailaban los peces.

© Eddy Ulerio