Muchos emigrantes por temor a no ser aceptados, llegan a renegar de sus raíces hispánicas, porque de este modo, se sienten más cómodos, al pensar que ya son parte de la nueva cultura que acaban de adoptar como propia.

Y la verdad es que los que venimos de los países en vías de desarrollo, de países de recursos limitados, solemos identificarnos rápidamente con la clase dominante del país receptor, como lo han hechos otros grupos. Es por eso, que mientras más ocultemos nuestros orígenes y adoptemos la nueva cultura, seremos “más fáciles de digerir” en la nueva sociedad. Aunque, algunos nunca nos acepten.

Sin dudas, por más razones que se nos den para justificar esa adhesión, se trata más bien de un problema de alienación o enajenación. Es triste que caigamos en esta trampa, pues el que se aliena o enajena, pierda su identidad.

Debemos de entrar en la cultura receptora, incorporando elementos, valores y esquemas mentales, pero sin negociar nunca los valores y los elementos culturales que nos definen como pueblo y nos diferencian de los demás pueblos.

Pienso que, como comunidad hispana, poco a poco hemos ido entrando en la cultura de este país; pero serán las nuevas generaciones que darán el salto completo.

Como ha indicado Fermín Díaz Fulgencio, “las nuevas generaciones no serán como nosotros, tampoco como pretenden los estadounidenses, más bien, se formará una nueva identidad nacional”.