Era brillante. Con un acervo cultural envidiable. Le gustaba leer hasta más no poder. El insomnio llegó a ser su mejor amigo. Entre sueños y utopías, su vida se iba diluyendo en la peor de las soledades. De tanto pensar en voz alta, le dio por creer que no era necesario compartir sus ideas con nadie, pues, al fin y al cabo, sus diálogos constantes se volvieron recurrentes, así como su fatiga y sus visiones. Nadie nunca supo, cómo llegó a desconectarse de la realidad.