La mañana los encontró dormidos sin que ellos lo advirtieran. Después de un largo tiempo, él se despertó sobresaltado, miró a su alrededor y constató que era de día.

En ese mismo instante, la bella amante despertó con una sonrisa de satisfacción, al tiempo que acariciaba suavemente el pecho de aquel enigmático hombre.
El correspondió el gesto y acarició su larga y negra cabellera por algunos minutos; luego se miraron sin mediar palabras y volvieron a amarse hasta media mañana.

El preparó café, mientras ella ponía en orden el lecho, fiel testigo del amor y la complementariedad de dos almas gemelas que se amaron hasta rabiar.

Desayunaron, hablaron, rieron y después de un beso apasionado, él desapareció al cruzar la puerta. Ella, neurótica y feliz, se desploma en el sofá de la sala y entrando en una especie de hipnosis, revive uno por uno los momentos compartidos, como si se tratara del último encuentro.

©Eddy Ulerio